Me llamo Aedan y soy el jinete
oscuro. Mi relato comienza así.
Milenios antes de que tu época
comenzara, el planeta tierra como lo conocéis ,en la antigüedad se llamaba
Galatea, un mundo repleto de oscuros recovecos en los que moran bestias y
horrores que ni la mente mas depravada de tu época podría llegar a concebir.
Pero no hay oscuridad sin luz por lo tanto en esa tierra conocida como Galatea existían
los reinos de los hombres quienes gracias a su incesante fe en su raza
consiguieron abrirse paso y reclamar un puesto en el panteón de los dioses de
aquella tierra.
Nací en las altas y frías
montañas de los Yermos gélidos, unas montañas que por su altura rasgaban las
imponentes nubes y se perdían en la vista, cubierta durante toda la temporada
por una nieve tan blanca que se fundía con las nubes, en aquellas nubes no Vivían
muchos animales debido a sus extremas condiciones.
A sus pies estaba el reino
de normijem. El reino de mi padre, mi padre era un ser despreciable llamado Normy,
acosado por la deudas y la sublevación
de su pueblo en un arrebato de ira y desesperación mando a sus soldados que
arrestaran a la aldeana mas bella de la comarca y así hicieron, en esa noche se
engendro un fruto a base de odio e ira que pronto nacería. Mi padre al ver que
aquella mujer estaba embarazada decidió quedarse con el niño pero matar a la
mujer pues no le serviría para nada mas.
A la temprana edad de 3 años, mi padre
empezó mi adiestramiento en las artes del combate, sutileza, política y reinado.
Su dura mano azotaba cada dos por tres mi cara que de tanto sufrir se había
vuelto ruda y áspera. Yo seguía sus enseñanzas con las esperanza de que algún día
todos esos conocimientos ganados con sudor, sangre y lagrimas se revelaran
contra el y acabara muriendo, yo siendo el soberano de normijem.
A los diez
años conocí a la hija de una de las
criadas de el castillo. Llamada Eleanor, su belleza era tal que deslumbraba en
un conjunto de estrellas, flores y todo lo precioso que tu mente pueda imaginar.
Al yo ser muy callado al principio no me atrevía a hablar con ella por eso y
por temor a que mi padre lo descubriera y la castigara por familiarizarse con
alguien de la corte, pero poco a poco fui cogiendo confianza con ella y nos veíamos
a escondidas, jugábamos y hablábamos durante interminables horas que yo
esperaba no acabaran nunca. Al cumplir 18 años termine mi adiestramiento y mi
padre me felicito pues aun siendo un hijo bastardo estaba feliz de que su
progenie aparentemente pensara como el y que seria un buen soberano para
aquella cuidad, que la sumiría en el miedo y la desesperación. Pero en lo mas
hondo de su ser era consciente de que yo no era así, una maquina de matar sin
sentimientos ni miramientos, pero no pensaba en ello pues el confiaba en que podría
enderezarme y usarme a su provecho.
La madre de Eleanor murió de una terrible enfermedad
respiratoria desde entonces nuestras visitas a escondidas eran mas frecuentes y
de la amistad nació un amor inconcebible entre una aldeana y un ``príncipe si
es que así se le podía llamar a mi cautiverio contra mi voluntad. Temía de que
mi padre descubriera nuestro amor y que usara a Eleanor en mi contra para ahora
si poder controlarme con total libertad , pues mi amor era más poderoso que
todas las cadenas con las que mi padre me atara y hostigara mi cuerpo pues el
amor no sufre con la heridas carnales. Así conseguía sobrevivir. Con veinte
años mi padre nos descubrió besándonos en un almacén del castillo. Colérico y
rabioso se abalanzo sobre mi, me aparto y ensarto a Eleanor. Miraba con
incredulidad aquella escena que esperaba fuera fruto de mi imaginación, pero no
era, totalmente real. Aferre mi espada y cargue contra mi padre, la lucha fue
encarnizada pero mi padre tenia la ventaja de tantos años luchando y una
constitución creada para tal fin, en un descuido conseguí cortarle la mano a
aquella bestia y corrí, corrí todo lo que pude mientras oía a mi padre gritar
enfurecido -¡corre bastardo y no vuelvas pues si vuelves usare tu cabeza como
centro de mesa!-. mientras corría por el exiguo patio de el castillo divise la
cuadra en la que estaba mi querido caballo hendell, un corcel negro como el
azabache y fuerte como cien soldados, aferre sus riendas y monte hasta el
anochecer jurando que algún día desataría toda esa furia contenida sobre mi
padre...
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